BLANCO NUPCIAL, BLANCO BICENTENARIO
Publicado en el catálogo de la exposición antológica dedicada a la casa de trajes nupciales Basaldúa, Museo del Traje, 2011.

Ignoramos por qué son blancos los trajes nupciales. Una tradición asevera que esta moda la inauguró la reina Victoria de Inglaterra cuando en 1840, con el propósito de aprovechar unos encajes que atesoraba desde antiguo, eligió un traje blanco para casarse y por emulación de la entonces joven y glamurosa emperatriz numerosas novias europeas también eligieron el blanco.
Aunque aceptemos que aquella boda favoreciera la preferencia por el blanco en los vestidos nupciales, no puede admitirse como piedra angular o fundamento de una moda de longevidad casi bicentenaria. La Historia del Traje no funciona así. No pretendemos reducir el protagonismo de la reina británica en el escaparate de la elegancia romántica, pero sabemos que una moda  —cualquier imitación masiva sostenida en el tiempo— se afianza únicamente cuando la sociedad la entiende como icono de un ideal psicosocial. Es decir, si el terreno está abonado para la asunción de un nuevo símbolo, este se materializará sin importar quién lo lidere.
La pregunta debe reformularse: ¿por qué la mujer convirtió el color blanco en icono de su sustancia espiritual? ¿Y por qué sucedió tal cosa en el Romanticismo y no antes? Todavía en la década de 1820 las mujeres contraían matrimonio ataviadas de colores muy diversos, incluso mezclados, al que solo añadían un velo para significar la nupcialidad del arreglo vestimentario. ¿Qué sucedió en la década de 1830 para que en adelante la mayoría de las novias eligiera casarse de blanco?
Apostaremos por un hecho que tuvo lugar en 1832: la invención del traje de ballet por antonomasia (sí; el trajecito de faldita y corpiño blancos) nombrado “vestido sílfide” por haber debutado en el estreno del ballet homónimo. Tenemos pruebas de que cinco años después el vestido sílfide ya era el vestido del ballet, como sabemos que desde 1836, y durante décadas, los vestidos blancos fueron los preferidos por las jóvenes cuando acudían a los salones a cazar marido. 
(A propósito, todavía no ha podido confirmarse la autoría de este traje igualmente bicentenario y de inconmensurable trascendencia plástica para la historia del vestido, pero los estudiosos lo atribuyen a la propia bailarina protagonista, Maria Taglioni, y al figurinista Eugène Lami.)
El fenómeno de imitación que convirtió al blanco en símbolo de lo femenino ideal bien pudo comenzar aquella noche de 1832 con el estreno de La Sílfide. Podemos imaginar su progresiva asunción si pensamos en cientos de noches de ballet en docenas de teatros europeos con bailarinas evolucionando sobre faldas inmaculadas y corpiños níveos. Es sencillo comprender que tan inmenso espectáculo del blanco ejerciera su influencia en el vestir romántico sin necesidad de arrogar a una u otra celebrity  (en aquel tiempo las bailarinas más notables eran todas celebrities, como lo demuestra que sus nombres bautizaran arreglos peluqueros y trajes) la responsabilidad de una moda.
Pero ¿qué vieron los espectadores del Romanticismo en el blanco? ¿En qué aspectos de sutil psicología materializaba las aspiraciones de belleza femenina aquella blancura?
En el Romanticismo la mujer ideal se pintaba etérea, frágil, cándida y pura. La pregunta viene seguida: ¿se pueden simbolizar tales cualidades con otro color? Así es fácil entender que el público quedara encantado, casi como si hubiera visto el blanco por vez primera. La sociedad romántica reconoció el símbolo y lo adoptó.
Traemos algunas pruebas. ¿Le gustan a usted la ópera y el ballet románticos? Si no es así, le resumo el argumento medio de aquellos dramas. El ballet romántico lo pueblan personajes etéreos: sílfides, náyades, encarnaciones espectrales y mariposas, frágiles y enamoradizos espíritus que, dolidos por la imposibilidad de amar, languidecen hasta perecer. Según el historiador del ballet C. W. Beaumont (Ballet Design. Past and Present, 1946) todos estos personajes vestían de blanco: 

En los años treinta la falda blanca de ballet estaba sobre todo asociada a los seres sobrenaturales típicos del ballet romántico (sílfides, náyades, espíritus, y encarnaciones de mariposas o flores) y se añadían al traje alitas, algas, corales, estrellas y atributos similares para sugerir las características naturales del personaje.

En la ópera romántica el argumento más trillado enfrenta al barítono contra el tenor por razones de estado y por el amor de la misma mujer, de sólito la soprano. Aunque actúen varios personajes masculinos (tenores, barítonos, bajos), lo habitual es que solo comparezca una mujer, de modo que el espectador perciba quintuplicada su debilidad al verse vapuleada por las exigencias de sus colegas masculinos. Lucia de Lammermoor (1835) encarna perfectamente este ideal romántico de amor imposible: forzada a renunciar a su novio por exigencias de sus parientes, Lucía pierde la razón, asesina al marido impuesto (la soprano canta como enajenada con su traje nupcial ensangrentado) y luego se apaga hasta morir. El espectador percibe en el traje blanco la fragilidad e inocencia de Lucía, tanto como el sadismo masculino. Su autor, el bergamasco Gaetano Donizetti, escribiría más de veinte óperas coincidentes en la temática de la mujer inocente martirizada por los varones.
El blanco significa, entonces, además de candidez, debilidad. Asombra y casi fastidia descubrir que la debilidad pueda constituir un ideal femenino —o simplemente un ideal humano— pero las pruebas son numerosas. La siguiente cita constituye el prefacio inaugural de una revista femenina que vio la luz en 1845: El Pensil del Bello Sexo. El editor se dirige a sus lectoras en los siguientes términos:

Por lo que respecta al físico, os veo cual vosotras os veis, es decir, hermosas y débiles; llenas de gracia cuando no sois bellas, y de algo que se asemeja a la gracia cuando pasó la edad de ser graciosas; pero débiles siempre, amigas mías; siempre necesitadas del amparo que os deben de justicia los fuertes. Nacida la mujer para compañera del hombre, y este para compañero de aquella, ¿quién debe ser el jefe, el presidente de esa asociación necesaria? Los dos no pueden serlo, es imposible. ¿Lo será la del cabello largo, la de tez sonrosada y purísima, la de rasgados y vivaces ojos, la de pequeña boca y lindo pie, la de voz delicada, pulso débil, miembros hechos a torno, seno turgente, frágil vigor, salud sujeta a duda? Ah! vosotras sabéis que la cuestión no es en esta parte dudosa; pero queréis un guía, no un tirano; un verdadero protector, no un déspota... ¿Y qué fuerte merece el nombre de tal, cuando lo es a costa del inerme?

El editor describe a las mujeres sus nuevas clientas, a las que desea agasajar para que se suscriban a la publicación como si fueran niñas (y casi gatitos) en manos de rudos vikingos. ¿Quiere decir este editor que la vida real de las mujeres románticas se parecía como una gota a otra gota a la vida de sadismo que sufrían las heroínas del ballet y la ópera? ¿Por qué no? Seamos francos, el concepto de violencia de género es de invención muy reciente.
El blanco alcanzó tal importancia icónica en el Romanticismo que las jóvenes casaderas seducían a sus futuribles vestidas de blanco, emulando a las heroínas del espectáculo a fin de comunicar idénticos candor, inocencia, fragilidad y pureza que los ídolos artísticos. Subyacía esta intención: el hombre conocía a la mujer ya vestida con el mismo color —y con un atuendo muy similar— al que después emplearía ante el altar. Y, a propósito, ¿cómo vestían los caballeros en el Romanticismo? De negro. Así que el blanco, más allá de los significados que hemos enumerado, simbolizaba a la propia mujer por dimorfismo sexual.
Por último, cabe preguntarse por la idoneidad del blanco en el traje nupcial en el siglo XXI. Seguramente todos los historiadores del traje estaremos a favor, conscientes de su posición simbólica inigualada como icono indumentario de Occidente. Sin embargo, aunque muchas mujeres lo desean para su boda, otras lo rechazan.
Algunas de las que lo rechazan consideran al traje de novia tradicional un disfraz de princesa. Y tienen razón. Desde luego, si hay dos símbolos indumentarios opuestos en Occidente, éstos son el traje de novia y el pantalón vaquero, y hemos de reconocer que es difícil que una persona habituada a un atuendo democrático y proletario, que el 68 elevó a la categoría de marca solidaria, asuma indolente un vestido de novia. Su conexión aristocrática es innegable: el blanco simboliza a la “clase espiritual” (la que no se mancha porque no realiza trabajos manuales) nada menos que desde los antiguos egipcios, y en numerosas ciudades del Imperio romano, el caso de Pompeya, el blanco alcanzó una categoría tan “obsesivamente” aristocrática que no había gremio más próspero que el de los blanqueadores de togas, el manto exclusivo del patricio.
Otras mujeres rechazan el traje de novias porque comúnmente se interpreta el blanco como un símbolo de virginidad. Son mujeres orgullosas de su emancipación sexual y, sin duda alguna, dogmáticas.
Por fin, las mujeres que desean casarse de blanco quieren gozar de sí mismas como espectáculo, conscientes de que hay pocas imágenes tan atrayentes para la mirada como una mujer vestida de novia. No ignoran la desconexión simbólica (hoy ya no se requieren candor, fragilidad y virginidad para merecer esposo) y comprenden que semejante disociación entre símbolo y sustancia convierte al traje nupcial blanco, particularmente el de corte romántico, en un disfraz de princesa. Pero disfrazarse... ¡es maravilloso! Si hasta las fiestas más impersonales tienen su disfraz (los niños se disfrazan en Navidad; los niños y los adultos en San Fermín, San Isidro, Las Fallas, La Feria de Abril y el Orgullo Gay), ¿cómo no va a merecerlo una boda?
Si me permiten terminar con una opinión personal, siempre he tenido la impresión de que la mujer que se casa de blanco está más enamorada que la que no lo hace. ¿Disfraz? Sí, sin duda, pero creo que el traje de novia que no disfraza no merece la pena, porque pierde buena parte de su naturaleza festiva. Además, este disfraz, he aquí la paradoja, no miente. ¿Acaso una novia vestida de blanco, radiante de emoción, no es algo absolutamente verdadero?

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